Por Kenira Thompson García, Ph.D., Presidenta del Ponce Research Institute y Vice Presidenta de Investigación de la Ponce Health Sciences University
Parece que hace un siglo esperábamos con ansias la llegada del 2020. Muy pocos habíamos escuchado de un lugar llamado Wuhan y jamás pensamos que las cosas pudieran complicarse más con eventos sísmicos sacudiendo nuestras casas y nuestras emociones a diario. Sin darnos cuenta, entre campamentos, refugiados, hogares destruidos, y la debacle financiera de nuestra isla, llegó un enemigo invisible que ha trastocado nuestras vidas… el virus llamado SARS-CoV-2 (síndrome agudo respiratorio severo coronavirus 2), causante de COVID-19.
Ante la severidad de la pandemia mundial, el FDA (Food and Drug Administration) ha flexibilizado las regulaciones que rigen el desarrollo de pruebas de diagnóstico y cernimiento en Estados Unidos y sus territorios. Esto ha resultado en que innumerables pruebas han salido al mercado a la misma vez. El aumento exponencial en distintas pruebas ha sido un reto ya que no todas se han podido evaluar críticamente.
Aquí en Puerto Rico, llevamos semanas escuchando las discusiones sobre la importancia de hacer pruebas para detectar COVID-19. Se ha dicho que a mayor número de pruebas, mejor la información que tenemos disponible para detener el virus. También se ha dicho que no se han hecho suficientes pruebas en la isla para poder rastrear el paso del virus con certeza. Ante la información que hemos recibido a diario, es crítico que entendamos las diferencias que existen entre los dos tipos de pruebas que tenemos disponibles: las pruebas moleculares y las pruebas serológicas de anticuerpos (comúnmente conocidos como los ”rapid tests”).
Las pruebas moleculares se usan para detectar la presencia de SARS-CoV-2 en muestras respiratorias de pacientes con síntomas de COVID-19 y es la única prueba diagnóstica que existe al momento. La misma se realiza insertando un hisopo (como un Q-tip largo) en la cavidad nasal del paciente. El hisopo debe insertarse bastante profundo para poder obtener una muestra adecuada de secreciones nasofaríngeas (del área donde la nariz conecta con la garganta). La muestra se procesa en laboratorios de referencia de alta complejidad, donde el objetivo final es amplificar el material genético del virus. Luego de este proceso, el paciente obtiene un resultado de DETECTADO (se detectó presencia del virus en la muestra resultando la misma POSITIVA), o un resultado de NO DETECTADO (en este caso no se detectó el virus en la muestra resultando la misma NEGATIVA). La prueba molecular juega un papel importante en el diagnóstico de COVID-19 en etapas iniciales de la enfermedad, e incluso en pacientes sin síntomas. Esta detección temprana permite que las personas diagnosticadas sean aisladas, previniendo así el que puedan seguir propagando el virus.
Más recientemente, hemos escuchado bastante sobre los “rapid tests”, aunque debemos referirnos a ellos como pruebas de anticuerpos para evitar confusión ya que existen también pruebas moleculares que se pueden procesar “rápidamente”. Este tipo de prueba se usa para detectar la presencia de anticuerpos contra SARS-CoV-2 en la sangre y provee evidencia de que el paciente ha estado expuesto al virus. Sin embargo, estas pruebas de anticuerpo por sí solas no se pueden usar para diagnóstico de COVID-19, debido a las diferencias individuales que existen durante la etapa infecciosa. En la mayoría de los pacientes infectados con SARS-CoV-2, se espera que la replicación del virus coincida con la presentación de síntomas. Unos cuantos días más tarde (de 3 a 7) se supone que el cuerpo comienza a desarrollar anticuerpos contra el virus (proceso de seroconversión). El hacerle la prueba demasiado temprano a una persona, puede resultar en un resultado falso negativo, porque aunque la persona tiene el virus, aun es muy temprano para haber desarrollado anticuerpos. De igual manera, la falta de controles y validación de muchas de las pruebas que están disponibles, también pueden resultar en un alto número de falsos positivos, creando caos y ansiedades en pacientes sin necesidad.
Nuestros cuerpos generan distintos tipos de anticuerpos, incluyendo IgM, IgG y el IgA. Entre ellos, el IgG es quizás el mejor marcador para indicar que el paciente ha tenido exposición previa al SARS-CoV-2. La presencia de IgG indica que el paciente estuvo infectado con el virus y que su sistema immune ha desarrollado una respuesta contra el mismo. El problema con COVID-19 es que al ser un virus novel, no existe suficiente evidencia que indique que el tener anticuerpos contra el virus te va a proteger de una futura reinfección. También, una persona que ya ha seroconvertido (con anticuerpos IgG circulando en el cuerpo) aun puede estar en etapa infecciosa y contagiar a otros. Este tipo de prueba presenta también retos en pacientes sin síntomas y en pacientes que hayan estado expuestos a otros tipos de coronavirus en el pasado.
Estas llamadas pruebas de anticuerpos tienen una utilidad desde una perspectiva epidemiológica, pero NO deben utilizarse para diagnóstico. Tienen baja sensitividad (~80%) antes de varias semanas una vez el paciente presenta síntomas, hay alta variabilidad documentada, y la mayoría de las pruebas que se ofrecen en Puerto Rico no se han evaluado rigurosamente. Las mismas SÍ se pueden utilizar para detectar exposición previa. Son útiles para apoyar iniciativas de rastreo de contactos, estudios epidemiológicos, o para identificar donantes de plasma. También se pueden usar con precaución para complementar pruebas moleculares en el seguimiento de casos de pacientes positivos, para poder ir viendo la respuesta del sistema inmune ante el virus. Ante la inminente apertura de algunos sectores del país, es importante recalcar que las pruebas de anticuerpo NO deben utilizarse para evaluar quién tiene una infección activa o quién debería regresar a trabajar con medidas de protección. El riesgo de falsos negativos es alto y podría poner en riesgo la salud de los empleados y sus familias.
Según siga evolucionando el paso de COVID-19 por nuestra isla, el rol de los distintos tipos de pruebas tomará aun mayor relevancia. De nada vale hacer miles o millones de pruebas, ya que no se trata del número de pruebas sino de que se hagan bien, de que se documenten bien, y de que se tengan protocolos centralizados y bien definidos de manejo de casos positivos, incluyendo el rastreo de contactos. Como dice el refrán, zapatero a su zapato… cada tipo de prueba tiene una utilidad. No dejemos que la desesperación nos lleve a usarlas incorrectamente.


